jueves, 11 de octubre de 2007

Pensando en la Libertad

1
Fuimos a terminar las puertas y las ventanas de las casas que se atrasaron durante el fin de semana. Los reparadores éramos cuatro y había mucho trabajo. Así que decidimos dividirnos. Cada uno agarró un martillo, tornillos y clavos. Y recorrimos, solos, cada una de las casas para ver qué necesitaban.
Eran las seis de la tarde y el sol bajaba. Los ojos de la gente me marcaban la nuca. Imposible no sentir miedo.
Serían unos ocho hermanos los que vivían en aquel rancho del asentamiento Torre 8, en Colón. Tenían los dientes partidos, grises y negros, la nariz llena de moco, y cuando hablaban no se les entendía, eran mellados. Los ocho hermanos tenían retraso mental de cuatro o cinco años, y mientras yo colocaba las ventanas de la nueva casa, me ofrecían su ayuda, repitiendo cada dos minutos: "¿Te sostengo el martillo?". Ellos, más bajos que yo, me rodeaban como a un gran padre. Yo hacía fuerza por soportar el olor a mierda: de los ocho, había cinco que estaban cagados encima.


2
Luchaban entre sí con martillos, saltaban, gritaban, se golpeaban, parecían ajenos, algo felices, quizá.

3
Era lunes, a las diez de la noche, y volvíamos a casa. En silencio. Yo iba en el asiento de atrás, pensando en la Libertad.

2 comentarios:

Ignacio Bermúdez dijo...

Muy tocante, Al.

Natilla dijo...

Había una familia en Torre 8 que eran como 7 u 8 negros (literalmente), con una pinta que te hacen correr del asentamiento a la ciudad. Pero esa familia ofreció su ayuda para próximas construcciones al jefe de escuela en un diploma firmado.