Una madre, dos hijas. Una tienda de ropa. Cada uno de los personajes lleva un guoquitoqui. Superficie de la tienda: 40 m2. Cada uno de los personajes camina separado. La madre encuentra una falda ochentosa y enciende el guoquitoqui: -Hijas, vengan a ver... Las hijas no responden. -Hijas, ¡vengan a ver...! Las hijas no responden. -Hijas, ¡¡vengan a ver...!! Y las hijas siguen sin responder. Enojada, la madre deja el guoquitoqui a un lado, y grita: -Hijas, ¡¡¡vengan a ver...!!! Y las hijas responden a coro: -Mamá, no hay por qué gritar: para eso tenemos los guoquitoqui. El resto de la tienda observa a la madre.
Me acosté pensando en el desayuno, y amanecí pensando en el desayuno. Probablemente soñe con jugos de naranjas, sandwichs de jamón y queso, capuccinos. No lo recuerdo. Fui a la Plaza de Armas, e sumergirme en la lectura del Barón Rampante. Cosimo estaba trepándose al árbol, justo cuando un predicador evangélico espantó palomas, atrajo despistados, e interrumpió mi lectura. Algo así, pero con más años:
Ya habíamos probado dos de sus guitarras, y G. me dijo:
-Hay una tercera...
G. apareció con un estuche ovalado, un ataúd infantil. Le retiró el polvo, y al abrirla, en lugar de un niño muerto salió una guitarra Velazco del año 51, escoltada por el terciopelo del estuche.
Escribo:
La música a punto de existir Que los instrumentos guardan
mientras nadie los ejecuta.
O
Potenciales vocablos en literatura empolbada
Esperando el momento
En que alguien los participe
En la realidad.
De esa serie de guitarras Velazco del año 51, existen tres en el mundo.
Una es de Daniel Viglietti.
La segunda, el luthier Velazco, que era un comunista de sangre -de cuerpo- se le regaló a Stalin. Pero nunca llegó a manos rusas: alguien se la robó en el camino...
Y la tercera la tiene G.
Ayer toqué en esa guitarra.
Hoy fue un día futbolístico. La jornada comenzó con triunfo celeste. Luego Argentina. Luego Colombia. Y por último el empate entre El Salvador y EUA. Récord Guiness para alguien como yo, o Al Nonino. Los vencedores fuimos Yoyo (argenitno y de nombre original "Jorge") y yo (senegalés, y de nombre original Al): asistimos a 21.600 segundos de fútbol. Y minutos antes de que terminara el partido, la hinchada salvadoreña coreaba esperanzada: "¡Sí se puede!, ¡Sí se puede!". Y EUA metió el gol de empate. Y junto con el bochorno latinoamericano, Yoyo reconoció un obámico plagio: "Sí se puede". "Yes we can". La propaganda no es limpia.
El museo de Bellas Artes estaba lleno de niños. El maestro daba una clase sobre la Antigua Grecia. -¿Por qué las estatuas de mármol nunca llevan ropa? -preguntó uno de los niños. -Porque en Grecia hacía mucho calor -respondió el maestro. Y los niños lo apuntaron en sus cuadernos.
Degusto el primer alfajor a distancia. Un “Agua Helada”, esos alfajores artesanales, con mucho dulce de leche, nueces y chocolate. Lo acompaño con coca cola, mostaza, un poco de nuez moscada. Y pasta de dientes.Me voy a ver al Colo. Algunos amigos me ofrecen hacerme hincha. Yo evalúo. APUNTES, DOS DÍAS DESPUÉS DEL PARTIDO: 1) …”fumando hierva y tomando cognac”… En Uruguay dicen “fumando porro y tomando vino”…Conclusión: los estimulantes que consumen en las hinchadas chilenas y uruguayas difieren apenas en las preferencias alcohólicas del menú. 2) Las referencias a la sexualidad o las madres de la “U de Chile” fueron definidamente inferiores a las que hace la hinchada de Nacional hacia la de Peñarol –o viceversa-. Ej: el clásico “los del manya son/ todos pu…/ todos pu…/ todos pu…, típico de la hinchada de Nacional en un partido de la Libertadores, donde el rol de Peñarol en dicho partido es absolutamente irrelevante.Conclusión: Los que se pelean se aman. 3) En Chile existe un curioso respeto por los uruguayos en dos aspectos: a. La carne. Ej: Cuando los chilenos te invitan a un asado, el asador se siente intimidado ante el educado paladar Oriental. b. Fútbol. La garra Charrúa aún engaña al otro lado de la Cordillera. Aprovechemos la ola.
P.D.: Él es Mario Kreutzberger. O Don Francisco. Ícono chileno.
Abandono a Dolina, que se define como “perfeccionista frustrado”, y me brota la necesidad de escribir. Pero no encuentro nada para anotar. Lo primero que aparece es una bolsa de vómito. Escribo en la bolsa de vómito. Por la ventanilla del avión cruzan las nubes. Fijo la mirada en cualquiera de ellas y quedo hipnotizado, como cuando se busca principio de un espiral que gira en sentido anti horario. Descanso.
El avión está inclinado unos quince grados en dirección ascendente. De los viajes surge una nueva dimensión del tiempo: donde antes se planificaban tres actividades, en los viajes se planifican de ocho a diez.
La carilla UNO de la bolsa de vómito se termina. Hago la cuenta, y en una bolsa de vómito entran doce líneas, según mi tamaño y tipografía de letra manuscrita.
Observo. Y encuentro tres personajes:
1)Un señor queojea una revista Gente en sentido inverso. Se detiene en las fotografías, como si quisiera encontrarse.
2)A una se le afloja la dentadura mientras duerme. En su hombre izquierdo lleva tatuada una víbora enroscada en una espada. La lengua de la víbora es de un rojo pálido y rugoso.
3)Vuelve a mi mente lo siguiente: un sacerdote preso en una cárcel japonesa en el día de Navidad. Él reza algo.
El avión se inclina otros quince grados, hasta completar los treinta y el piloto anuncia que vamos a cruzar la cordillera.
Fuera del Río de la Plata, los “shh” hablantes –es decir, aquellos que dicen cashhar (callar) en lugar de caiar (callar)-, viven una angustiante inhibición. Ejemplo, en vez de decir “llave”, tímidamente empieza a decir se “iave”, en un proceso que los lingüistas denominan “incorporación acéntica desde la despersonalización cultural”. Así está el mundo, amigos.
Hablábamos con C. sobre la diferencia entre “amar a”, y “amar con”, y concluimos que sólo esta última postura, amar con, hace del amor algo vívido e inagotable.
P.D.: La mesa está abierta para debatir acerca de la similitud entre el molino de viento y el amor.
La cordillera esperaba en silencio; recibía una y otra vez al pacífico estallando en las rocas. La única luz nacía de las brazas. Temperatura: 22°. (Las canciones surgieron en orden. Sin que lo percatáramos) Sólo existieron las palabras mejores que el silencio. Además, la música.