Cuando vi la subasta de películas, entre las cuales estaba Luna de Avellaneda, sentí indignación. Esas películas me pertenecían. A mí. A mí. A mí. Las había pagado yo, yo, yo, con sudor. Y con olvidos. Hice un cálculo mental. Y concluí que más de la mitad de las películas que estaban en ese canasto del videoclub las había pagado yo con mis atrasos. Qué boludo.Le expliqué mi argumento a la chica que atendía con el fin de obtener algún tipo de descuento, pero la chica que atendía siguió mascando chicle, y mirando una comedia traducida.
Pagué mi película.
Y me fui.
P.D.1: Devolveré puntualmente las películas.
P.D.2: Devolveré puntualmente las películas.
P.D.3: Devolveré puntualmente las películas.
P.D.4: Me enfureció la repetida frase: "Esta película lo dejará sin aliento hasta el final". Todo el mundo que si uno pasa más de tres minutos sin respirar, primero se vuelve azul, como los pitufos, y luego se muere. Evidentemente, los críticos no saben vender. No sólo le garantizan a uno la muerte (que no sería algo tan grave), sino que le dicen explícitamente que no va a conocer el final de la película. Entonces, ¿qué sentido tiene mirarla? Piensan que somos estúpidos.
P.D.5: Por fin, ordenaron el videoclub. Ahora las películas infantiles y las pornográficas están separadas. Las madres ya no tienen que inventarle historias a sus hijos. "¿Esas son las películas que ve papá?". "No. Esas son películas feas".
P.D.6: Devolveré puntualmente las películas.







