
Eran buenos tiempos porque Tres Cruces todavía no tenía la terminal de ómnibus, y podíamos recostarnos en el asfalto durante horas sin que pasara un solo auto.
Cualquiera sabe que un partido de fútbol barrial es un partido fútbol barrial y, en el apuro, para no cortar el juego, en vez de ir al baño de casa, meábamos en los árboles, como nos enseñó Pablo, que ya tenía 15 ó 16 años. Estaba calculado que demorábamos unos 75 segundos menos. Pero este meo urbano no era un libertinaje: teníamos códigos. No se podía mear en los árboles en crecimiento (el de Jacobo, por ejemplo), y mientras pasara gente, teníamos prohibido hacer exhibicionismos... No he vuelto a encontrar un baño tan oportuno como el sauce de Avelino Miranda que, después de aquella Navidad, empezó a crecer amarillo y torcido. Sospecho que no fue por nuestros infantiles orines. Esa última Navidad, la de 1993, en la que abundaron los meos etílicos, no hubo sauce que no llorara. Ellos, los sauces, sabían lo que se venía y comprendieron que nosotros, los niños, nunca más podríamos recostarnos en el asfalto durante horas sin que pasara un solo auto.
2 comentarios:
En la cuadra donde vivo había uno que nadie sabía el nombre. Un día jugando a la escondida este chico estaba atrás de un auto y Pablo (otro vecino) lo señaló y gritó:
-Ehhh, ¡pica, Mugre!
Y ahí, en esa ceremonia tan espontánea, fue bautizado.
Realmente muy conmovedor, muy bueno Al. Faltó mencionar al Yuri, Leo, El Chueco 14, Sergio, Don Baranzano (aquel veterano que nos prestaba las herramientas para arreglar la bici), "El Palo Verde" y sus costillas de asado, y se me vienen a la mente muchas caras que no logro conectar con su nombre...
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