
En un puesto callejero con muchos libros de colores, pregunté:
-¿A cuánto está el de Sábato?
-¿El rojo?
La señora vendía libros como si fueran medias. No lo llevé. Tenía olor a pata (ella no, el libro).
Luego de bucear entre el polvo de los libros amarillentos, y de eludir a infinitas personas, llegué, finalmente, a Librería Neruda, una oda al desorden. Mostré mi mercancía, regateé, y lo conseguí. Tengo en la palma de mi mano Historias en la palma de la mano, de Kawabata, y continúo mi viaje por Japón.
Supongo que hice un buen negocio. Aunque, en los libros nunca se sabe...
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