
Las mangas del saco acababan cinco centímetros antes de lo debido. Y en sus muñecas, unas cintas que tuvo que arrancar.
-Esas mariconadas acá no corren.
Su barba también voló. Voló una intención. Voló todo. Pero él se quedó. Atado a su corbata azul y a una pila de formularios y planillas que llenó durante ocho horas, durante los siguiente 40 ó 45 años.
-¿Cómo estoy, pá? -le preguntó feliz, antes de irse.
-Estás bien, hijo -y le apretó el nudo un poco más.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario