
Quería seguir escuchando a los músicos.
-Nos quedamos un rato más -dijimos, y cuatro de los siete se fueron a dormir. Había un fogón, vino tinto, y un canguro con capucha que me protegía del viento. (La barba también colaboró).
Termina el toque y, sin linterna, empezamos -los tres náufragos- a caminar hacia la carpa. Los citadinos somos, en su mayoría, seres inservibles frente a la naturaleza hostil. Aunque la naturaleza citadina suele ser más hostil que la naturaleza hostil. En el Cabo, las (pocas) calles se disuelven en caminos arenosos, y es muy fácil perderse. Pero es tan chico, que al rato, uno se encuentra. Raro. No sé bien cómo, pero, entre las dunas, apareció nuestra (ilegal) carpa.
Abro el cierre. (Las carpas tienen este tipo de contradicciones).
-...¿? -insinuó mi amigo, con un ojo entreabierto.
-Uhh -mordisqueé-, está llena la carpa.
Los tres trasnochados teníamos que dormir afuera.
Antes de irnos de la carpa, un amigo nos grita: "Bo, cierren el cierre, ¡o viven en carpa?".
Agarramos los sobres (ese es el único privilegio que teníamos), y elegimos una duna de breve pendiente. Le dimos forma de almohada a los buzos, y durante un rato, en el suelo, nos quedamos en silencio. Shh, por favor. Un cielo inmenso, de esos que no hay en Montevideo, apareció de repente. Al rato, nos dormimos.
Hay vistas que no se pueden ni oler. Hay olores que no se pueden ni ver. O al revés.
4 comentarios:
Excelente descripción al, de un lugar paradisiaco como el cabo y sin olor a sobaco como muchos creen
Fue muy bueno nuestro encuentro, Sátiro. Yo buscaba sombra para leer (en el Cabo no hay árboles). Y en eso escucho: "Hey, Al, qué hacés". Me olvidé de contarte que me encontré con un profesor amigo tuyo. Te mandó saludos.
me gusto el cuento. ahora, si uno es malpensado, 4 en una carpa, era mixta la cosa?
Lamentablemente, no. Pero después del cuarto día durmiendo amontonado, uno tiene que empezar a cuidarse las espaldas. No sea cosa de perder el invicto así porque sí.
Publicar un comentario